Pensamientos

Estamos en navidades, época de alegría, fiestas y excesos. Época de recordar a los que no están y de proponerse nuevos proyectos, nuevas metas. Sin embargo hoy me he levantado como cualquier otro día, madrugando para realizar las tareas de cada día. Salgo a la calle y noto algo distinto. No es la navidad, no es un ánimo especial. El día es gris y sombrío, pero sin embargo calmado. No se aprecia el estrés y movimiento tan típico de estas horas de la mañana. Sí, hay movimiento, pero es un movimiento tranquilo. En el camino no hago más que observar el cielo. Es un día frío de pleno invierno, un día totalmente oscuro con nubes en el cielo formando diversos estampados de tonalidades grises, como si se tratara de una acuarela. Me hace recordar ese libro que estoy leyendo, «Sueñan los androides con ovejas eléctricas», donde después de una gran guerra el mundo queda sumido en un gris eterno, de ceniza y desesperación. Por suerte es un gris distinto, pero que sin embargo me hace añorar el sol de esos meses que dan la bienvenida al verano.

Me acerco a esa gran ciudad llamada Madrid que me recibe con su gran boca dispuesta a engullirme y ha hacer que acabe formando parte de ese caos organizado. Tranquilamente busco sitio para aparcar mi coche, mi máquina de la libertad que le llamo yo y de la que sin embargo soy esclavo. Me espera un gran edificio perteneciente a una institución gubernamental. Un edificio en el que trabajan cientos de personas y al que acuden otras tantas a solucionar diferentes papeleos. Sin embargo me siento solo entre tanta gente. Quizás la tranquilidad del lugar en estas fechas acentúe más este sentimiento, sentimiento distinto al que siento a diario, rodeado de gente, gente con la que hablo y me puedo llevar mejor o peor, pero que tampoco me hacen sentir que de alguna manera sigo estando solo.

Solo dos maravillas de la inventiva humana, de las que también somos esclavos muchos, hacen que me sienta más arropado. Ayer fue ese pequeño artilugio llamado móvil, gracias al cual pude charlar con tres amigos. Hoy y todos los días es el ordenador, el que me pone en contacto con algunos de los que leéis estas palabras y con otras personas con gustos afines a los míos. Amigos con los que no me comunico en persona, pero que están ahí y que siempre llenan un huequecito de mi vida.

Sin embargo aún queda mucho hueco por llenar. Un vacío que se hace más evidente según pasa el tiempo, cuando los amigos van preocupándose más de sus asuntos y se pierde el significado de grupo. Todos llegamos tarde o temprano a esta etapa, e incluso pasamos varias veces por ella. La relación con las demás personas parece más distante, algunos buscan cambios que llenen ese vacío interior, cambios en los lugares que frecuentar, cambios en la ropa, pequeñas cosas que no nos hagan sentir que todo es lo mismo. Sin embargo lo sigue siendo. Los lugares, los objetos, los hábitos no cambian nuestras vidas, quizás solo una pequeña percepción de ella. Ni 10.000 personas podrían cambiar esto, pero quizás una si, una que está por aparecer en mi vida y que cambiará no mi percepción de la vida, sino la vida en si misma.

Yorus
(un día de aburrimiento)

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